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Un solo verbo, en una sola cláusula, puede decidir quién responde por un incumplimiento. Este es el patrón detrás del error más caro de la traducción de contratos.
El patrón se repite con frecuencia suficiente como para tener nombre propio entre traductores jurídicos: un contrato redactado en inglés usa «shall» en una cláusula de entrega, plazo o pago, y la traducción al español lo convierte en «podrá» en lugar de «deberá». La diferencia parece mínima. No lo es.
«The supplier shall deliver within 30 days» crea una obligación exigible: el proveedor está legalmente obligado a entregar en ese plazo, y su incumplimiento da derecho a reclamar. «El proveedor podrá entregar en 30 días» describe una facultad: el proveedor puede hacerlo, pero nada en el texto lo obliga a hacerlo dentro de ese plazo. Cuando ese contrato termina en disputa, la parte que confiaba en la obligación descubre que, en la versión traducida, nunca existió.
«Shall» tiene un uso ambiguo en el inglés cotidiano, donde a veces se usa de forma más débil, cercana a una intención. Pero en la redacción contractual anglosajona, «shall» es la palabra reservada específicamente para expresar obligación exigible; «may» se reserva para la facultad. Una traducción automática, o un traductor sin formación jurídica, tiende a emparejar «shall» con formas verbales de cortesía o probabilidad en español, en lugar de con el imperativo obligacional que exige el derecho de contratos.
En cada contrato, identificamos primero qué cláusulas contienen verbos modales con efecto legal (shall, may, must, will) y decidimos su traducción según la función jurídica de la cláusula, no según la traducción más común de la palabra. «Shall» se traduce consistentemente como «deberá» cuando crea una obligación; «may» como «podrá» cuando describe una facultad. Esa consistencia se documenta en el glosario del proyecto, para que no cambie de una cláusula a otra ni de un documento a otro dentro del mismo expediente.
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